Las pequeñas salas de concierto o los pubs, cafeterías y bares que a lo largo de la historia han prestado un espacio para la música en directo son fundamentales para el nacimiento de bandas y artistas que buscan ofrecer su visión artística sobre un escenario. A la postre, son esos lugares los que generan esos momentos memorables para quien ama las canciones en vivo. Forman paisajes de improvisación, atrevimiento y sorpresa. También de dudas, pasos en falso y errores. En el cúmulo de todos esos aspectos, se descubre la pasión por este mundo de notas en el aire y ensoñación. Las apariciones de Jeff Buckley en el Café Sin-é al comienzo de su carrera forman parte de este cuento.
Tras la participación en el homenaje a su padre Tim Buckley en la primavera de 1991 y tras estar viviendo a saltos entre Nueva York y su California natal, definitivamente se instala en La Gran Manzana para definir su carrera solista. Es a partir de abril del año siguiente cuando comienza a ofrecer multitud de conciertos en locales del Bajo Manhattan. Uno de sus predilectos fue la cafetería Sin-é con sesiones nocturnas cada lunes.

Cada noche era impredecible, habiendo lugar para sus propias composiciones, para imaginativas versiones de sus influencias y para monólogos repletos de ingenio y comicidad. Además del patente talento que tenía el cantante, se intuye por las grabaciones de la época un avispado sentido del humor. Durante el verano de 1993, ya contratado por Columbia Records y preparando la grabación de su debut («Grace», que se publicó justo un año después), Buckley volvió al Sin-é para realizar dos conciertos más y esta vez grabarlos con un sonido óptimo. En un primer momento se presentaron cuatro temas en formato EP y finalmente para celebrar el décimo aniversario del acontecimiento treinta y cuatro pistas en doble álbum.

Gracias a este registro podemos disfrutar de la emergente y seminal maestría de un músico dotado de una sensibilidad y una aptitud de un nivel apabullante. En estas ocasiones se acompañó en exclusiva por su guitarra Fender Telecaster y las cumbres de su repertorio se van sucediendo de manera inapelable. La tríada compuesta junto a Gary Lucas formada por Grace, Mojo Pin y Lover, You Should’ve Come Over muestra un estilo singular en el que la voz suena primorosa y enigmática en sus requiebros melódicos y las seis cuerdas juegan con arpegios y acordes que mezclan folk, rock y pop fundiéndolos con la inabarcable magnitud del jazz.
La estelar Last Goodbye, que aún tenía por título Unforgiven, es emotiva y sincera mientras que la poderosa Eternal Life suena abrasiva y arrogante. Son dos caras de una misma moneda que a lo largo de su cortísima carrera supo combinar de modo certero.
El bloque de versiones y homenajes bailan entre Led Zeppelin y Nusrat Fateh Ali Khan. Es una extensa paleta que ya había interiorizado y aprendido a su corta edad de una manera tan profunda que no deja de asombrar. Un cancionero clásico que conocía, amaba y hacía suyo en cada toma. No daba puntada sin hilo. If You Knew de Nina Simone es gloriosa, el gospel Calling You voltea hacía el pop y el soul y se aloja en ese complicado espacio entre la plena tristeza y la esperanza. Transmisión sentimental absoluta.
Hay doble visita tanto al repertorio de Bob Dylan como al de Van Morrison. Una tierna visión de Just Like A Woman y su antítesis, una locura de diez minutos reinterpretando una poseída The Way Young Lovers Do. Y claro, Hallelujah de Leonard Cohen, cerrando el viaje. Una de las mayores hazañas musicales sobre terreno ajeno de la historia popular. Poder revivir esos momentos justifica por sí mismo la existencia de los registros y la publicación de discos en directo. Y en este caso, hasta asusta la primera vez que una persona afronta la escucha de estas dos horas y media de recorrido. Sin embargo, una vez está dentro, está atrapada para siempre en el universo de Jeff Buckley, su legado y su relato pasional de referencias y referentes.
Fotografía de portada: Merri Cyr
Texto: RG Valle